FRESNOS (y algún roble) de la Herrería del Escorial

 

Un nuevo paseo, ahora casi en invierno, nos muestra los árboles en su perfil más auténtico. Afirma el refrán que a veces los árboles no nos dejan ver el bosque, y yo afirmo que a menudo, las hojas no nos dejan ver el árbol.

Los robles, a su vez, no muestran la paleta ocre típica de esta época del año.

 Espectacular ejemplar que sorprende no tenga el tratamiento de árbol singular y protegido

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CARBAYOS DE DEVA (Gijón)

Deva es una parroquia del concejo asturiano de Gijón.

Cuando accedemos al lugar desde la ciudad de Gijón y hasta que llegamos al templo de San Salvador, junto al  güeyu u ojo del que nace el arroyo Peña de Francia vamos viendo a la derecha de la carretera una serie de robles centenarios que no tiene mucho que envidiar a los cercanos de la Carbayera de Tragamón.

Es un paseo muy agradable, que coincide con el final de la senda verde Peña de Francia.

 

ARAUCARIA del Parque del Lauredal (Gijón)

Uno de los árboles más espectaculares del parque del Lauredal es la araucaria.

Dando sombra a la estatua del doctor Carlos Prieto, colocada en 1970 tras una suscripción popular, aporta un toque exótico al parque.

La araucaria es un género de coníferas de la que existen 19 especies  con una distribución repartida en el hemisferio sur: Chile,  Argentina, Uruguay, Brasil, Paraguay, Nueva Caledonia y Nueva Guinea.

Diversas especies del género se han introducido como plantas ornamentales en Europa y América del Norte (Wikipedia).

 

Leyenda del Pehuén o Araucaria (Argentina)

Desde siempre Nguenechén hizo crecer el pehuén en grandes bosques, pero al principio las tribus que habitaban eses tierras no comían los piñones porque creían que eran venenosos.

Al pehuén o araucaria lo consideraban árbol sagrado y lo veneraban rezando a su sombra, ofreciéndole regalos: carne, sangre, humo, y hasta conversaban con él y le confesaban sus malas acciones. Los frutos los dejaban en el piso sin utilizarlos.

Pero ocurrió que en toda la comarca hubo unos años de gran escasez de alimentos y pasaban mucha hambre, muriendo especialmente niños y ancianos. Ante esta situación los jóvenes marcharon lejos en busca de comestibles: bulbos de amancay, hierbas, bayas, raíces y carne de animales silvestres. Pero todos volvían con las manos vacías, pareciendo que Dios no escuchaba el clamor de su pueblo y la gente se seguía muriendo de hambre.

Pero Nguenechén no los abandonó, y sucedió que cuando uno de los jóvenes volvía desalentado se encontró con un anciano de larga barba blanca.

– ¿Qué buscas, hijo? -le preguntó
– Algún alimento para mis hermanos de la tribu que se mueren de hambre. Pero por desgracia no he encontrado nada.
– Y tantos piñones que ves en el piso bajo los pehuenes, ¿no son comestibles?
– Los frutos del árbol sagrado son venenosos abuelo -contestó el joven.
– Hijo, de ahora en adelante los recibiréis de alimento como un don de Nguenechén. Hervidlos para que se ablanden o tostadlos al fuego y tendréis un manjar delicioso. Haced buen acopio, guardadlos en sitios subterráneos y tendréis comida todo el invierno.

Dicho esto desapareció el anciano. El joven siguiendo su consejo recogió gran cantidad de piñones y los llevó al cacique de la tribu explicándole lo sucedido. Enseguida reunieron a todos y el jefe contó lo acaecido hablándoles así:

– Nguenechén ha bajado a la tierra para salvarnos. Seguiremos sus consejos y nos alimentaremos con el fruto del árbol sagrado que sólo a él pertenece.

Enseguida comieron en abundancia piñones hervidos o tostados, haciendo una gran fiesta. Desde entonces desapareció la escasez y todos los años cosechaban grandes cantidades de piñones que guardaban bajo tierra y se mantenían frescos durante mucho tiempo. Aprendieron también a fabricar con los piñones el chahuí, bebida fermentada.

Cada día, al amanecer, con un piñón en la mano o una ramita de pehuén, rezan mirando al sol: “A ti de debemos nuestra vida y te rogamos a ti, el grande, a ti nuestro padre, que no dejes morir a los pehuenes. Deben propagarse como se propagan nuestros descendientes, cuya vida te pertenece, como te pertenecen los árboles sagrados”. (https://www.patagonia.com.ar)

 

TEJO de la catedral de Jaca (Huesca)

La catedral de Jaca está considerada como uno de los templos más importantes del primer románico español. Su construcción a partir de 1077 por orden del rey Sancho Ramírez está estrechamente vinculada a la propia fundación de la ciudad y la concesión de los fueros que le permitieron crecer y desarrollarse como pujante centro comercial en la ruta del Camino de Santiago.

Catedral de Jaca

La catedral conserva su estructura básica y configuración románica: una planta basilical de tres naves de cinco tramos con sus correspondientes ábsides alineados, dos puertas de acceso y una esbelta cúpula. En el ábside meridional se localizan los elementos que resumen el lenguaje arquitectónico característico del románico jaqués, difundido después por toda la ruta jacobea: el ajedrezado (que discurre en forma de imposta) y las bolas, que están presentes en los apoyos interiores. 

En el interior del claustro, un tejo y un ciprés aportan los símbolos vegetales habituales en estos edificios.

No es el único tejo de la ciudad. En el parque del Paseo de la Constitución hay varios ejemplares más que vinculan el lugar con las antiguas tradiciones.

OLIVO de Daimiel (Ciudad Real)

El  olivo “milenario” de la plaza de España de Daimiel fue trasplantado al lugar actual en medio de una gran polémica en 1998, procedente de un terreno de los alrededores.

Existen muchas razones para oponerse al desarraigo de estos extraordinarios árboles de sus lugares originales y a su utilización comercial para la decoración y el disfrute de plazas, centros comerciales, espacios privados, etc. Además, en un gran número de casos, al desarraigo sucede la muerte del árbol, incapaz de adaptarse al nuevo emplazamiento.

El comercio de olivos milenarios en España (algunos de hasta 2.500 años), sobre los que no pesa ninguna norma que los proteja, se ha convertido en una actividad que alcanza a decenas de empresas y particulares, hasta el punto de amenazar con un auténtico expolio de este patrimonio natural.

El olivo de Daimiel fue donado a la ciudad por los propietarios de la finca en que se encontraba. Plantado por los árbes, se le suponen unos 900 años de antigüedad y parece haberse adaptado bien al nuevo lugar.

La Plaza de España de la localidad de Daimiel (Ciudad Real), remonta sus orígenes al siglo XVI. Es un bello ejemplo de plaza popular manchega, con diversos cambios de imagen a los largo de los siglos, remontando sus orígenes al siglo XVI, cuando era conocida como Plaza de los Portales Blancos.

Una estancia en Daimiel, además del la visita al Parque de las Tablas, no debe olvidar la laguna de Navaseca y la Motilla del Azuer.