PALMERA DE CANARIAS del Jardín Botánico

PALMERA DE CANARIAS (Phoenix canariensis)

El nombre del genérico, Phoenix, puede deberse a que sus hojas recordaban a las plumas del ave fénix, o porque los griegos vieron las primeras palmeras en Fenicia (Phoenicia). El nombre común alude a su procedencia geográfica.

En su hábitat natural puede alcanzar hasta 20 metros de altura y vivir casi 400 años. Es una especie dioica: los ejemplares son masculinos o femeninos.

Resiste fácilmente la sequía y el frío, con temperaturas de hasta 10 grados bajo cero. Necesita plena exposición solar para alcanzar un buen desarrollo. Requiere riegos frecuentes en verano.

Sus hojas se utilizaron para confeccionar piezas de artesanía, los dátiles para alimentar al ganado y la savia para obtener guarapo (miel de palma). Actualmente tiene un carácter fundamentalmente ornamental.

Hoy en día es una especie protegida en Canarias donde crece de forma natural, aunque ha sido profusamente plantada por todo el mundo,  y su tala está prohibida. Este ejemplar, de altura importante y localización inmejorable en el jardín, frente al pabellón de Villanueva, está incluido en el Catálogo de Árboles Singulares de la Comunidad de Madrid.

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CASUARINA DEL JARDÍN BOTANICO

La casuarina, Casuarina equisetifolia, es conocida también como, pino australiano, pino de París, árbol de la tristeza, casuarina cola de caballo,

Las casuarinas deben su nombre al casuario, ave de Nueva Zelanda y Las Molucas a cuyas plumas parece ser que recuerdan las ramillas de estas plantas.

Están repartidas todas ellas por el sureste de Asia u Australia. Muchas suministran maderas duras y de buena calidad empleadas en carpintería para la fabricación de muebles, o son cultivadas como ornamentales.

Son árboles que se confunden a menudo con las coníferas por presentar una infrutescencia parecida a una piña. Tienen las ramillas verdes, estriadas longitudinalmente, con numerosas articulaciones parecidas a las de la cola de caballo (equisetum) y efedras.

En el Jardín Botánico hay al menos dos, destacando por su tamaño esta que se encuentra junto al invernadero.

BONSAIS del Jardín Botánico

 

 

GRANADO

Bonsái es una palabra de origen japonés que significa literalmente bon = ‘bandeja’ + sai = ‘cultivar’ (aunque etimológicamente procede del término chino penzai, que significa pén = ‘bandeja’ + zāi = ‘cultivar’) y consiste en el arte de cultivar árboles y plantas, reduciendo su tamaño mediante técnicas, como el trasplante, la poda, el alambrado, el pinzado, etc., y modelando su forma para crear un estilo que nos recuerde una escena de la naturaleza.

CARPE

Como resultado de una intensa intervención humana, no soy nada partidario de de esta milenaria tradición, pero su vista el el Jardín Botánico de Madrid me trajo a la memoria el precioso cuento de Ricardo Codorníu Starico    El árbol en maceta publicado en 1914 en su libro Doce árboles y pensé que merecía la pena darlo a conocer en mi blog.

Aquí lo tenéis:

TEJO

EL  ÁRBOL EN MACETA

A Carmen Hernández-Ros y Codorníu

        En cierto hermoso bosque de Asia, un árbol silvestre, cubierto de frutos maduros, servía de punto de reunión de las aves, que allí cantaban rebosando placer, y era entonces su repostería favorita.

        Pasó un jardinero de los imperiales palacios, y recogió no pocos de los frutos, con gran disgusto de la multitud alada, que veía disminuidas sus golosinas.

CIPRÉS

        Fueron colocadas las semillas en macetas con tierra, a la que se había mezclado algún mantillo, y recibían con regadera el agua necesaria. Germinaron las plantitas y al principio la vida fue fácil y grata, porque pasaban el estío en el umbráculo del jardín, defendidas del ardor de los rayos solares y la estación helada en el invernadero, donde no les molestaban los fríos, ni el viento les imprimía dolorosos vaivenes.

        Sin embargo, llegó un día en que las inocentes plantitas sufrieron la pena impuesta a los grandes criminales, pues fueron decapitadas…, para injertarlas. Al pronto creyeron morir, mas se salvaron al fin, porque las raíces dieron agua y jugos de la tierra a las yemas del injerto, y además disponían de algunas sustancias orgánicas, de esas que los arbolillos depositan a prevención en las celdillas de su tronco, convertidas en almacenes bien provistos, para la época de escasez

HAYAS

        Así se transformaron las yemas en ramillas con hojas, y éstas preparaban substancia vegetal, que enviaron a las raíces, para que pudieran ramificarse, producir nuevos pelos absorbentes y tomar más savia para las hojas.

        Pronto las raíces llegaron a la impenetrable barrera de tierra cocida, que forma las macetas y se vieron obligadas, muy a pesar suyo, a rodear las paredes, a manera de ovillo, lo que no dejaba de serles molesto.

PINO

        Desde entonces empezaron a sufrir escaseces; apenas se les proporcionaba el agua y el alimento indispensables para que no se mustiasen los pobres vegetales, que ya vivían contrahechos, pues el objeto del jardinero era que permanecieran siempre enanos.

        A pesar de su pequeñez, uno de ellos llegó a producir algunas flores, lo que halagó su vanidad, y luego se regocijó más cuando se transformaron en bellos frutos. Esto satisfizo al arbolillo, porque esperaba que acaso alguno de los huesos se desarrollaría al aire libre, produciendo unba planta que no hubiera de soportar los tormentos y estrecheces de su progenitor, primero degollado, siempre medio emparedado y con el disgusto además de no ser un árbol, si no dos medios árboles, porque a la mitad superior no agradaban los jugos que le daban la otra mitad, ni a las raíces los manjares preparados para ellas por los granos de clorofila de las hojas, que son las cocinas de las plantas, aunque otros, con más propiedad sin dudan, los llaman pulmones y estómagos de los vegetales.

ACEBUCHE

        Una tarde de otoño, poco tiempo después de ponerse el sol y cuando más tranquilamente dormía el arbolito su primer sueño, le despertó una desagradable sensación de frío, debida a que una joven de amarillenta tez y ojillos inclinados, lavaba su tronquito, sus ramas, hojas y frutos, con una esponja rebosando agua. Luego revistió la maceta con sederías bordadas y fue llevada por un palanquín… ¡al palacio del emperador!

        La pusieron en el centro de la mesa preparada para la comida oficial, en un salón cuya claridad era deslumbradora, y el arbolito empezó a absorber el ácido carbónico del aire, cual si fuera pleno día. Luego comenzó la música y el banquete, y la planta se hallaba gratamente entretenida, contemplado deslumbradores uniformes de los diplomáticos y palaciegos, cuando llegaron los postres.

ENEBRO DE LAS PAGODAS

        Entonces ¡qué gran sorpresa y mayor dicha! El mismo emperador, el hijo del sol, de la luna y de todas las estrellas del firmamento, extendió sus soberanos brazos, arrancó uno de los frutos, lo comió mostrando vivo placer y luego, cogiendo los demás, obsequió con ellos a la emperatriz, y a los príncipes sus hijos. Tan gran honra compensó al arbolito el dolor que le produjo el desgarre de los frutos, mientras los cortesanos le envidiaban, pues con gusto hubieran sufrido que su majestad imperial arrancase una de sus orejas, si le vieran comérsela con la misma sonriente faz y alegres ojillos con que había saboreado el fruto.

PINO BLANCO

        Después fue regalado el arbolito, como recuerdos, al primer ministro y llevado al salón central de su excelencia, se le colocó en la mesa central, cuyos pies mostraban dragones admirablemente tallados, destacándose sobre rojo fondo de laca. Allí pasó algunos meses, casi adorado por la familias y los visitantes; pero la falta de agua y principalmente la de sol hizo que se mustiara. Un servidor demasiado listo lo sustituyó por otro arbolito de la misma especie, sin que nadie advirtiese la superchería, y mientras los visitantes dirigían miradas codiciosas al sustituto, el auténtico entraba en putrefacción en un corral.

Ricardo Codorníu Stárica. Doce árboles. El árbol en maceta.1914

BOJ