OLMO de los Jerónimos

¿Qué veis en la foto?  Una iglesia. ¡Premio! La de San Jerónimo el Real.

Muy bien, pero mirad detenidamente. Hay algo más. Claro, una escultura, se trata de la estatua del escultor Julio López Hernández.

Sin embargo, mi intención cuando he hecho estas fotos era la de retratar el único ser vivo, el árbol, el olmo.

Bueno, si lo miramos de otra forma no es el único, aunque probablemente el único madrileño.

Sí, un olmo. Un árbol que está pasando por malos momentos por la terrible grafiosis que ha acabado con la mayoría de sus antepasados. Un árbol que aporta la belleza vegetal en un lugar donde se valoran mucho más otros tipos de belleza.

El olmo, de los jerónimos, asomado a la entrada del Museo del Prado, se entretiene observando  cada día el gran número de personas que visitan la pinacoteca y fijándose, especialmente,  en aquellas que dedican unos segundos a reconocer su prestancia y su soledad.

Anuncios

LAURELES de Neptuno

Rodeando la fuente de Neptuno en la Plaza de Cánovas del Castillo (así se llama oficialmente), hay un grupo de laureles que aunque domesticados son la isla verde en al mar de asfalto. Muy cerquita, el Museo Thyssen-Bornemisza, el hotel Palace y el Congreso de los Diputados. Y al otro lado, el Museo del Prado y el hotel Ritz.

El laurel, laurus nobilis, tiene más apariencia de arbusto, pero algunos ejemplares en algunos lugares, pueden llegar a adquirir las dimensiones y aspecto de un árbol con todas las de la ley. Dejémoslo a gusto del observador.

En cambio nadie duda sobre su alcurnia y los altos designios que ha desempañado a lo largo de la historia. Ya su nombre específico, nobilis, hace referencia a este aspecto y a nadie se le escapa que era con ramas laurel con lo que se reconocía en la antigüedad los méritos de los militares, deportistas y otras celebridades y como se extendió esta costumbre hasta tiempos moderno. Napoleón, por ejemplo, admirador ferviente de los césares romanos y de sus simbolismos, gustaba aparecer en sus ceremonias coronado con las ramas de laurel y así quedó plasmado en multitud de retratos.

Sin olvidar su incorporación a nuestro lenguaje en forma de frases hechas: cosechar laureles, cargado de laureles, dormirse en los laureles, cum laude, etc. En la Edad media se llamaba baccaleauriatis al estudiante que adquiría los conocimientos impartidos en las primitivas universidades, en referencia a la corona de laurel con la que se reconocía su capacitación y en esta denominación está el origen del nombre del actual bachillerato.

SABER MÁS EN EL GATO POR LAS RAMAS